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Plop, Rafael Pinedo
Los Inrockuptibles, abril de 2005

Bajo fondo

Uno debería hacer lo posible por que Plop le gustara. Las novelas "interesantes" descubren formas inexistentes y desatan fuerzas adormecidas de la percepción. De modo que así como la gravedad de la pata de una silla era invisible hasta que Cézanne la pintó, Pinedo "hace visible" lo que podría llamarse "la picaresca futurista argentina", una mezcla de las fortunas y adversidades anónimas del Lazarillo de Tormes pasadas por el tamiz apocalíptico de La Tierra permanece, de George Stewart, de los Los pichiciegos y Runa, de Fogwill, y del Retrato de los Meidosems, de Henri Michaux.
El mundo está acabado, y se nota. Plop narra la terrible ascensión hacia la nada del protagonista (Plop, justamente) en un mundo que no se termina de comprender si está dando los últimos estertores o está haciendo los primeros intentos por recomponerse. Una cosa es segura: algo terrible pasó. Pero la omnisciencia del narrador no comete el consabido error de escribir desde el futuro para los lectores del pasado: les habla a los lectores del futuro, o, a lo sumo, del presente —y a esos lectores no hay que instruirlos en nada, porque si están vivos y leen es porque han sobrevivido a lo que el autor, por eso mismo, no necesita mencionar. No es un juego de cajas chinas sino un simple acuerdo realista: hay que leer encarnando a ese lector futuro, haciendo dogma algunas (pocas) suposiciones y consumiendo la breve historia de una vida de otra época como si fuera de la nuestra —porque en cierto sentido es de la nuestra.
En esa época se vive en asentamientos y sólo se puede beber el agua que cae del cielo. Plop sabe lo que es, literalmente, haber nacido en el barro. Y desde allí se propone llegar a la cima, a toda costa. ¿Cuál es la cima? El poder, —¿cuál otra podía ser?
Plop narra entonces ese ascenso. Pero también, de paso, Pinedo aprovecha para pintar la gravedad de la pata de una silla diseñando un mundo nuevo, es decir: estableciendo nuevos tabúes, nuevos delitos, nuevas torturas, nuevos castigos. ¿O alguien se imagina el mundo del futuro lleno de elfos, hadas y duendes bailando por campos en flor donde a nadie se le ocurre dejar caer el envoltorio de un caramelo? Sin hacer demasiado esfuerzo predictivo es difícil no compartir con Pinedo su "visión" de lo que nos espera: un mundo atroz no muy diferente al nuestro, pero un poco distinto.